"MUJER DE PIEDRA", el teatro DE la paradoja entre ciudad y campo
- Gabriel Caicedo

- 8 jul 2020
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El profesor y filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría, en su texto "Quince tesis sobre Modernidad y Capitalismo", afirmaba que son cinco los fenómenos que marcaban, de forma insoslayable la vida de cualquier ser humano moderno: Humanismo, Progresismo, Individualismo, Economicismo y Urbanismo. Para el presente texto, nos importa sobre todo, el último de los rasgos, sus ambivalencias y paradojas.

Urbanismo para el filósofo es la sustitución del espacio rural por las interconexiones urbanas. En palabras sencillas, el reemplazo del campo por la ciudad. En términos colonialistas "barbarie" por "civilización". Esta premisa también es la concreción espontánea del humanismo y el progresismo, porque por un lado, la ratio matemática obliga a la naturaleza a convertirse en un conjunto de reservas y a sus habitantes en elementos de fuerza bruta para el trabajo y por otro, existe un proceso de innovación de lo "viejo" por lo "nuevo" o lo que es lo mismo "caos" por "orden". La construcción de lo urbano corresponde por tanto, a la sumatoria de los esfuerzos para concentrar, geográficamente, toda actividad social: la industrialización, el comercio, las finanzas, la circulación mercantil, la hegemonía cultural y la vida política. El dominio per se. ¿Qué le queda al campo? ¿La migración?
Sin duda, las contradicciones entre campo y ciudad son propias de la modernidad, pero a la vida moderna también le es implícito el modo de producción capitalista. Echeverría afirmaba que: "por modernidad habría que entender el carácter peculiar de una forma histórica de totalización civilizadora de la vida humana. Por capitalismo, una forma o modo de reproducción de la vida económica del ser humano: una manera de llevar a cabo aquel conjunto de sus actividades que esta dedicado directa y preferentemente a la producción, circulación y consumo de los bienes producidos". Las paradojas entre lo rural y lo urbano existen porque no hay otra forma de reproducción social dentro de la modernidad capitalista. La migración campesina suele ser una forma de que frente "al ethos de la modernidad capitalista le corresponde articular como inmediatamente vivible aquello que es profundamente invivible".
Ahora ¿cómo conectamos todo este esquema filosófico con una obra de teatro? Está por demás entendido que el arte, en sus infinitos objetivos, resulta a veces una denuncia, una representación de lo real, una catarsis. La obra de análisis es esto y más.
"Mujer de Piedra" es un monólogo del grupo Ukumbi Teatro que visibiliza la problemática de la migración campesina latinoamericana a través del personaje de Doña Luz, una mujer que luego de enfrentar a la policía municipal, termina en un juicio por intento de homicidio. Noemi Laines, actriz ecuatoriana, es la autora de la dramaturgia e intérprete del unipersonal que bajo la dirección de Carlos Quito, ya se ha presentado en diferentes países como Perú, Bolivia, Argentina, Chile y Ecuador.

Es conmovedor que la obra esté inspirada, parcialmente, en la vida de Luz María Guanoquiza, abuela de Laines, quien con apenas 8 años de edad, en 1945, viajó de Cayambe (La Chimba, tierra de Tránsito Amaguaña) a Quito con el afán de cumplir promesas educativas. Sin embargo, se encontró con una realidad completamente diferente, la explotación infantil dentro de los sistemas de peonazgo y huasicamas, actividades paralelas a los huasipungos latifundistas, herencia feudal y colonial vigentes, en teoría, hasta 1964 (en realidad 1990), año en el que sucedió la Reforma Agraria, de la mano de la capa burguesa y militar a cargo de la República, que favoreció al terrateniente capitalista, antes que a los "fantasmas comunistas" que la presionaban.

Dos generaciones más tarde, Laines, crea "Mujer de Piedra", un justo homenaje a su abuela. Este relato no es el único que inspiró la realización de la obra. Noemi constató que lo de su yaya, fue el producto de una estructura social, pues seis mujeres más, en diferentes contextos y años, padecieron los males de las paradojas entre ciudad y campo. Todas ellas, actualmente, intentan sobrevivir del comercio ambulante en el Centro Histórico de la capital, es posible encontrarlas en la venta de librillo en balde o helados.
Quito y Guayaquil se han consolidado como los principales puntos de llegada para varios movimientos migratorios internos. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), la población rural decreció de un 84% en 1950 al 37% en 2010, lo que explica un incremento demográfico en las metrópolis.
Dentro del drama, Doña Luz, intercala recuerdos e intercambia diálogos desde la cárcel. Ha sido apresada y está a punto de ser juzgada por intento de homicidio. Las memorias del campo y la tierra, añoradas con nostalgia son interrumpidas con obtusas reminiscencias de aquel día en que, al tratar de defender a una compañera comerciante, se enfrentó a la policía municipal. En un repentino ataque de ira, sin consciencia de lo ocurrido, Luz arroja una piedra y hiere a la comisaria. El marco legal inmerso en la dramaturgia, sin duda, entregará a la justicia una culpable: una mujer indígena, migrante, madre, vendedora de frutas y verduras, único sostén de la familia.

El teatro gestual, el estatismo y la narración oral son los elementos artísticos que Doña Luz usa para hacer su denuncia frente a las ordenanzas municipales que la llevan hasta las instancias que ella desconoce.
Las antiguas prácticas del siglo pasado hoy se presentan con nuevos rostros, por ejemplo, la mendicidad y su redes de trata, generalmente agrupadas con niños indígenas. O quizás, la migración externa. ¿Por qué persisten las estructuras? Porque son el resultado de las paradojas propias del capital. El urbanismo no existe sin ruralidad. La ciudad no existe sin el campo, afirmación demostrada ante la pandemia de Covid-19 en Ecuador, en el que sectores campesinos y rurales nunca pararon, al ser considerados estratégicos para la producción, pero no para la toma de decisiones en la vida política.
¿Qué queda, entonces? Presionar aún más por el reconocimiento de nuevas identidades y actividades comerciales ambulantes, prevenir la migración interna, fortalecer al campesinado y menguar entre las políticas municipales y gubernamentales , para ejercer el libre derecho al trabajo, a la participación política, entre otros deberes y pagarés del Estado, una deuda con los sectores indígenas y campesinos, casi tan antigua como el Estado mismo.
Por Gabriel Caicedo

-Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador




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